Cocinas solares en la Amazonía: Comunidad, participación y creatividad

Por Mónica Cuba Iriarte, comunicadora de Soluciones Prácticas

He conocido a tantas hermosas personas gracias al uso de esta tecnología; he conocido sus historias, su capacidad creativa y he visto transmutar sus deseos a partir de sus logros y alegrías.

La primera vez que vi una Cocina Solar en acción fue en San Buenaventura, municipio del norte paceño, aunque me habían advertido que íbamos a probar la tecnología en la zona de sol a sol. Mi mente no se había abierto a la realidad de estar a 34°C sin siquiera una rama de sombra. Me sentía insolada, me veía tan roja como un tomate, pero al mismo tiempo estaba expectante de las caras y percepciones de dos familias completas, venidas de Capaina y Bella Altura, paradas frente a las cocinas solares para convencerse de la utilidad de esta tecnología. Si aceptaban, se llevarían los aparatos a sus casas, como familias embajadoras de nuestro proyecto.

Recuerdo a Susana pelando zanahorias sobre sus rodillas, mientras muy cerca su papá Wenceslao Mamio charlaba con su par, el entonces corregidor de Bella Altura: Ernesto Guari, sentados los dos sobre unas sillas.

En ese momento cuestioné si estas cocinas más bien no reforzarían la permanencia de las mujeres en la cocina. Mientras, batíamos los huevos con el azúcar preparando una torta, para probar si es verdad que todo lo que imaginas puede cocerse en esta cocina. Diego, uno de los hijos de Ernesto, refutaba en acciones mis temores, apropiándose de la receta y de la preparación. Fue él quien unos meses después me contaba cómo aprovechaba la cocina al llegar de clases, a veces sirviendo la comida aún caliente, otras experimentando con sus usos y funciones.

En ambas comunidades todavía miraban con curiosidad la caja naranja. Hablaban primero del olor de la comida, del sabor (le faltaba el dejo a leña); pero también hablaban de acostumbrarse, de lo sano de la comida, del tiempo ahorrado en la cocción y en la recolección de la leña, ese tiempo que permitía hacer otras cosas de la casa. Yo fotografiaba cómo ellas se reunían cerca de las cocinas y comenzaban a charlar, hacían comunidad en un espacio que en un inicio parecía solo para mujeres.

Cuando ya no eran dos sino 20 cocinas, comenzamos a probar comida tradicional de la zona y a escuchar sugerencias de cómo seguir mejorando la tecnología. Fue un proceso extenuante de apropiación, en el cual hasta mis compañeros aprendieron a trabajar con mujeres y a identificar sus necesidades productivas y estratégicas. Teníamos a las familias embajadoras convencidas, invirtiendo, invitando lechoncitos a sus vecinos los domingos; otras familias que sacaban su cocina para preparar laguas de maíz y pescados suculentos, sonsos, galletas de todo tipo y esencias naturales, mermelada de plátano, bebida de soomó. Y nosotros, mimados, aprendiendo, escuchando y comiendo como si no hubiera mañana.
Recuerdo a las señoras en los talleres compartiendo recetas, apoyándose entre ellas para anotar las variaciones de repostería que se proponía, escuchando a “la profe” esperando sentadas a ver cómo las frutas se deshidrataban; charlando sobre su producción y los desayunos escolares.

Mujeres de 20 años iniciando familias con dos hijos y otras que a los 35 años ya habían amamantado a nueve, conversaban sobre los tipos de violencia a las que se ven sujetas, a las que nos vemos sujetas sin tan solo darnos cuenta, exponiendo sus problemas como una forma de catarsis que parecía evaporarse también con el sol. Y luego, explotaban las risas con los chistes picantes y consejos que también florecían en estas charlas.

Pronto fueron ya no dos sino 9 comunidades en nuestra zona de acción. Roxana Añez (Altamarani) se enamoró a primera vista de la cocina que exponía Daniela Mamio (hermana de Susana) en una feria sobre Resiliencia –esta tecnología fue inicialmente pensada como una herramienta para fortalecer la resiliencia de las comunidades indígenas Tacana que son frecuentemente golpeadas por las inundaciones y que no tienen leña para poder cocinar durante este periodo.

Roxana nos contó que había rogado a Nolberto, su esposo, para que le ayude a escribir una nota y poder pedir a Christian Aid cocinas para su comunidad. No sólo logró las cocinas para Altamarani y otras 6 comunidades en respuesta de las iglesias del Reino Unido, sino que comenzó a fortalecer su liderazgo, su voz y a superar su frustración de no saber escribir, remplazándola por su capacidad de inspirar a otras mujeres, pese a estar sujeta muchas veces a sus críticas. Roxana se ha consolidado como una líder dentro de su comunidad. Además, se ha vuelto una promotora de esta tecnología en espacios nacionales y su nombre ha llegado incluso a espacios internacionales.

Nolberto, junto a ella, se ha apropiado de la tecnología no sólo para cocinar, pues ahora le resulta mucho más fácil y práctico, sino que ambos han comenzado a innovar. Roxana seca hojas de palma y semillas con las que luego hace canastas, joyeros y aretes. Nolberto seca lianas y las vuelve escobas. Ambos usan el dinero de las ventas para fortalecer sus medios de vida.

En San Miguel vi por primera vez cómo secaban el plátano para volverlo chila, uno de los alimentos más ricos en nutrientes de la zona. Comprobé también que las ideas están en el aire y que la creatividad de la gente no depende de un proyecto, sino de su necesidad y voluntad de hacerle frente. En comunidades como Bella Altura, Capaina, Tres Hermanos y Villa Alcira, el secado de cacao en las cocinas solares se redujo a la mitad de tiempo –así como el secado de la materia prima que eligieran- facilitando la producción de tabletas de chocolate y su venta en las ferias de los domingos en Rurrenabaque.

En esa feria vende también Juana Céspedes, de Villa Alcira. Ella prepara el Dunocuabi, o pescado en hoja, una receta tradicional Tacana que ya tiene clientes asegurados los domingos, pero que también ha agrupado a algunas señoras y sus cocinas a la orilla del río Beni en las playas de la comunidad, para ofrecer un tentempié a los turistas que lleva Mashaquipe a probar jugo de caña del trapiche.

Juana también vende rollos de queso y galletas, como Lucinda Ecuebary, quien para abastecer los pedidos y servicio de atención de eventos en Bella Altura suele prestarse las cocinas de sus vecinas para cumplir con la alta demanda en fiestas de graduación, bautizos y otros eventos. Ella ha sembrado la idea de abrir un kiosco para ofertar comida saludable a los visitantes de esta comunidad, conocida por su oferta artística tradicional en productos de chonta y aquellos que transitan hacia Buena Vista.

Raquel Quito y Lidia Mamani han escuchado la idea y ya han organizado a seis mujeres en San Miguel para trabajar con el emprendimiento turístico en la comunidad de El Bala. También están hablando de turnos y de productos que ofrecer a los turistas que los visitan en la comunidad.
Ahora son 13 comunidades que trabajan con Soluciones Prácticas y tienen estas tecnologías. Recuerdo a don Wense de pie, acomodando su cocina. Susana ya no vive en la comunidad; Daniela y Ruth han hecho su familia, y su esposa ha partido hace dos años. Lo veo preparando su pescado y el delicioso e inigualable arroz de Capaina, lo deja todo dentro y vuelve a la reunión.

Al final, las cocinas siguen siendo parte del imaginario de las mujeres, pese que hay gente como él, Juvenal, Diego, Jhon, Nolberto, Felsi, Nicolás, Hernán, entre otros hombres que se las han apropiado, ya sea para preparase su alimento o para buscar alternativas ingeniosas que mejoren su calidad de vida.

La idea de las cocinas para trabajar la resiliencia en las comunidades ha resultado maravillosa. Además la resiliencia, ha trabajado el liderazgo y la identificación de una comunidad entre mujeres que, pese a no ser de la misma comunidad, se reconocen y se miran en complicidad.

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