#Campaña: El mundo es lo que producimos en él

Por Marcos Nordgren*

“Agricultura familiar, Futuro sostenible”

18 de mayo de 2021.- La expresión eres lo que comes ha sido usada en el contexto de la salud humana y los hábitos de una alimentación saludable durante casi dos siglos, desde que el filósofo alemán Feuerback la acuñara en 1850, y para muchos suena hoy igual de familiar a nuestros oídos como cualquier otro dicho popular, tan pronto lo volvemos a escuchar.

Pero a estas alturas de la segunda década del siglo XXI, entre una pandemia viral y las primeras señales amenazantes de un probable colapso climático, la expresión antes usada en referencia a la salud humana exclusivamente, tiene hoy implicaciones más estructurales sobre los desafíos y destino de la civilización humana actual. Lo que comemos, y sobre todo como lo producimos, tiene enormes consecuencias en nuestros ecosistemas y definirán nuestro futuro común.

El último año al menos, hemos vivido una situación global de grandes desafíos sociales y económicos causados por significativos cambios ambientales que permitieron, cada vez más estudios lo afirman[1], el salto de un virus presente en pangolines[2] y murciélagos asiáticos, al ser humano; con consecuencias que a estas alturas no han pasado desapercibidas para ninguna persona.

Estos murciélagos y pangolines especialmente, han sido cazados y perseguidos por el ser humano durante décadas por sus supuestas propiedades medicinales, pero además han sufrido la pérdida de gran parte de los ecosistemas que conforman su hogar, para ser reemplazados por cultivos o granjas de ganado, aumentando así el contacto de estos animales silvestres con la crianza de animales domésticos y otras actividades humanas frecuentemente de gran escala.

El mayor contacto entre animales silvestres, domésticos y seres humanos a su vez, facilitó la transmisión de este virus, entre especies distintas y la ocurrencia de mutaciones y cambios genéticos suficientes, permitieron el contagio de este mismo virus, esta vez entre personas, y el desarrollo de la enfermedad en una pandemia con todas sus implicaciones globales.

La propia OMS y otros institutos especializados habían advertido constantemente en últimos años[3],[4], sobre el peligro que representaban las enfermedades zoonóticas, de origen en animales silvestres, para el ser humano. Pero no fue hasta que comenzó el año 2020, que pudimos comprobar todos y todas que las advertencias hechas, habían sido tan reales como la pandemia de COVID-19.

De esta manera, los importantes cambios medioambientales que hemos causado como humanidad las últimas décadas, han tenido una de sus primeras y dramáticas consecuencias, genuinamente globales. Sin embargo, pese a aún continuar en la segunda ola de la pandemia, acercándonos a las casi 3 millones de muertes ocasionadas por el Covid-19[5], las dificultades producidas por la presente pandemia empequeñecen, si levantamos un poco la vista al horizonte y empezamos a comprender las alteraciones ambientales que el ser humano continúa provocando, y las consecuencias que estas afectaciones tendrán para nuestro planeta en su conjunto, y especialmente para las propias sociedades humanas.

Esta etapa de la discusión ambiental ya no se trata pues, del criticado “conservacionismo” colonial, acusado por centrarse en evitar la extinción de especies como un fin en sí. En juego está el futuro de la propia humanidad y quien aún no lo entienda así, todavía está estancado en las criticas al conservacionismo de décadas pasadas.

La escala de la interferencia humana

Hoy en día el ser humano ya ha acaparado y deforestado globalmente más de la tercera parte (33%) de los territorios que antes albergaban bosques y casi dos terceras partes (65%) de los pastizales y montes bajos que existieron en el mundo[6], además de haber degradado una buena parte de los bosques y suelos restantes. De toda esta superficie de tierra ahora agrícola, que representa la mitad de la tierra habitable globalmente, la humanidad emplea más de tres cuartas partes (77%) para la producción y crianza solamente de animales para carne, derivados animales y forrajes para estos[7].

Mientras que la restante cuarta parte de la tierra agrícola (23%), es dedicada a cultivos diversos para la alimentación humana directa, con una porción cada vez mayor bajo producción del modelo agro-empresarial, esquema de monocultivos de gran escala mecanizada, que continúa en acenso, junto a su dependencia de la deforestación, y su elevado uso de derivados de petróleo: fertilizantes, plaguicidas y combustibles para el funcionamiento de prácticamente toda la maquinaria agroindustrial.

Esta dinámica de la agricultura mundial ha significado un continuo debilitamiento y abandono sistemático por parte de gobiernos de la agricultura familiar campesina e indígena, que pese a todas las dificultades persiste en producir más del 65% de los alimentos en países como el nuestro[8], mientras que el modelo agroindustrial aporta con sólo el 3% de la alimentación, pese a ocupar la mitad de la tierra agrícola en Bolivia.

Debido a una mayor demanda de carnes de porciones de población con mayor poder adquisitivo, las ineficiencias del modelo productivo y la insuficiencia de pastizales o praderas naturales, la ganadería en el país, ha continuado habilitando nuevas tierras de la forma más barata, y al mismo tiempo, costosa socio-ambientalmente hablando.

A través de la deforestación y quemas, en Bolivia se han habilitado un millón de nuevas hectáreas sólo para el ganado entre 2000 y 2010[9], y más de 7 millones de hectáreas deforestadas adicionalmente entre el 2011  y 2016,  permitiendo el establecimiento de nuevas pasturas para la ampliación de los hatos ganaderos y nuevos cultivos requeridos para la crianza de animales en mayores densidades, con el uso de balanceados y piensos para la producción intensiva de carnes (varios pescados), lácteos, huevos y otros derivados animales.

En Bolivia se estima que la ganadería ha causado al menos un 60% de la deforestación la última década[10], y si se considera que mayor parte del valor de la soya transgénica producida[11] (más del 66% del valor del grano) se consigue a través del uso de la torta de soya como balanceado para animales, se puede inferir que la producción de carnes y derivados, son sin lugar a dudas el principal impulsor de la deforestación en nuestro país desde hace ya varios años.

La industria global de energía fósil (Petróleo, gas natural, carbón mineral) por su parte, ha aumentado en las últimas décadas la cantidad de gases invernadero liberadas de maneras impensables. La cantidad de gases invernadero emitidas por esa industria en el periodo 1750-1970, fue triplicada en solamente 40 años, hasta el 2010[12], y la cantidad de estos gases emitidos anualmente han seguido en ascenso hasta el presente, con un pequeño retroceso, rápidamente recuperado durante la pandemia.

En conjunto, las emisiones globales producidas por el uso de combustibles fósiles y la deforestación, han significado el aumento sin precedentes de la cantidad de gases de efecto invernadero en nuestra atmósfera, superando actualmente los 417 partes por millón (ppm) de CO2, comparado con los niveles normales de 280 ppm de CO2, allá por el año 1850, previo al inicio del uso de combustibles fósiles.

Estas grandes transformaciones de nuestro entorno ambiental común, han tenido impactos locales, regionales y globales muy concretos. La desaparición de especies, la alteración de ciclos hídricos y como también vemos hoy en día, la aparición de nuevas enfermedades de origen en animales silvestres, que han provocado la primera pandemia después de casi un siglo sin haber experimentado la humanidad algo parecido. Sin embargo, también han contribuido decididamente a otro, y más preocupante fenómeno global, que empieza a visibilizarse con más fuerza desde inicio del nuevo milenio: la gran Crisis Climática en ciernes.

Junto con la destrucción de al menos un tercio de los bosques y dos terceras partes de pastizales y montes bajos naturales en el mundo, la función de estos sumideros de carbono, (los bosques y vegetación son capaces de absorber hasta un tercio del dióxido de carbono emitido por las sociedades humanas[13]), ha sido considerablemente reducida. Pero además la humanidad ha continuado acelerando la liberación de enormes cantidades adicionales de dióxido de carbono y metano de origen fósil, ambos gases invernadero, con cada vez más profundas consecuencias sobre el ciclo de carbono y el balance energético del planeta.

En este escenario nos encontramos camino a un inminente precipicio civilizatorio. La dirección de las políticas de desarrollo en el mundo, y particularmente nuestro País, por el momento parecen directamente incompatibles con las acciones mínimas para evitar un colapso del sistema climático global, y el inicio de un tiempo de grandes impactos socioambientales vinculados a una suerte de descarrilamiento o colapso climático.

No caben más dudas. La situación en estos momentos de la historia de la humanidad es de enorme emergencia, y sin embargo las acciones y promesas de los gobiernos del mundo siguen siendo incompresiblemente insuficientes para detener el aumento de temperaturas globales en niveles mínimamente aceptables para los intereses de la inmensa mayoría de seres humanos, sin mencionar las afectaciones a ecosistemas y los seres vivos en ellos.

Bajo el escenario actual, las promesas de reducción presentadas por las naciones firmantes del Acuerdo de París hasta diciembre del 2020, apenas alcanzan para reducir sus emisiones en 0,5% para el año 2030 (comparado con las emisiones de esos países en 2010). Sin embargo, el escenario ideal requiere de al menos 25 a 45% de reducciones en las emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030, bajo el escenario mínimamente aceptable (1.5-2C° de calentamiento), establecido por el Acuerdo de París de la Convención Marco De Naciones Unidas sobre Cambio Climático.

Hay en el mejor de los casos, una gran brecha de 24 a 44% de reducción de emisiones para el año 2030, que debe ser superada si es que la humanidad tendrá oportunidad de evitar mayor parte de las grandes catástrofes climáticas que están a la vuelta de la esquina.

La dimensión de la emergencia

La década 2010-2020 fue la más caliente en la historia de la humanidad[14], y deja al 2020 como el año más caliente jamás registrado, como una evidencia más que se suma a la avalancha de pruebas de los gigantescos cambios que estamos ocasionando como humanidad, y que es necesario repetirlo, empequeñecen las consecuencias de la pandemia de Covid-19 y sus incalculables costos humanos.

El periodo 2014-2020 en Bolivia, con intensas inundaciones en la Amazonía el 2014, la importante sequía y consecuente desabastecimiento de agua en la región andina a finales de 2016, los incendios forestales sin precedentes y la peor epidemia regional de dengue en registros de 2019 y 2020, y otros desastres asociados a la Crisis Climática, nos han demostrado que la ocurrencia de extremos climáticos es cada vez más frecuente. Según algunos estudios, hoy en día los extremos climáticos son al menos el doble de frecuente comparado con el comportamiento del clima en el año 2004[15]. Pero todo esta por empeorar.

Las proyecciones indican que estamos camino a superar los 3 o 4 grados de calentamiento global por encima de los promedios normales, y en esos escenarios, la ciencia advierte, existe el peligro de atravesar puntos de no retorno del sistema climático que desencadenen escenarios aún peores, de 6 grados o más de calentamiento, debido a los mecanismos de auto reforzamiento, que incluyen la liberación de metano de suelos congelados del ártico o la desaparición de cobertura glaciar capaz de reflejar parte de la radiación solar.

La acción colectiva simultánea e inmediata, el único “freno de mano” de la profundización de la Crisis Climática

La atmósfera de nuestro planeta constituye en la práctica, un espacio que termina siendo el destino de una buena parte de los desechos volátiles o contaminación aérea que la humanidad produce al quemar combustibles fósiles, deforestar y degradar vegetación a través de incendios forestales o la producción de enormes hatos ganaderos y demás procesos industriales. Sin embargo, y como pasa con todo el mundo físico que nos rodea, este espacio atmosférico no es infinito, y cuando se superan ciertos límites en las cantidades de gases que pueden ser retenidos por la atmósfera, los efectos sobre el sistema en su conjunto, son inevitables.

Este espacio atmosférico, a diferencia de la tierra firme o incluso los océanos que también son parcialmente distribuidos territorialmente, es inherentemente de uso compartido entre todos los seres humanos, naciones o demás seres vivos del planeta. Es precisamente el uso común y desmedido que hemos hecho de este espacio, la causa de la Crisis Climática, y son algunas naciones específicamente quienes han tenido mayor responsabilidad en esta ocupación atmosférica.

En esta dirección de razonamiento, no quedan dudas de que los países en vías de desarrollo, sin industrias significativas, con consumos bajos de energía o bienes materiales, han ocupado una menor porción de este espacio, comparado con países de economías avanzadas, con elevado consumo de materiales y energía.

De esta manera por ejemplo, se calcula que Estados Unidos es históricamente responsable de al menos una cuarta parte (25%) de todas las emisiones históricas acumuladas,  Europa ha contribuido con el 22%, China ha aportado con una octava parte (12,7%), mientras que el Japón, la India y toda Sudamérica han sido causantes de 4%, 3% y 3%  respectivamente, de todos los gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera desde que el ser humano empezó a alterar significativamente su composición[16].

Los países en vías de desarrollo como el nuestro, son en consecuencia, los menores responsables de la presente Crisis Climática. Sin embargo, nuestra mayor vulnerabilidad y exposición a desastres climáticos[17], debe inspirarnos a asumir un papel más proactivo en las soluciones y no lo opuesto, como ocurre actualmente. Especialmente a la luz de la escasa ambición mostrada por los países desarrollados para asumir su verdadera responsabilidad, y la imposibilidad mostrada de forzar el cumplimiento de sus responsabilidades para la reducción de emisiones de esos países, bajo el fallido Protocolo de Kioto.

El papel de países como Bolivia específicamente, que producen importantes emisiones por deforestación con comparativamente una pequeña población nacional, ocupan un papel central en las soluciones al gran desafío de este milenio, tanto globalmente por su potencial de revertir emisiones por la deforestación, convirtiéndolas en absorción de carbono, como por la importancia regional de las funciones de estabilización de la humedad y temperaturas que juegan los bosques, y especialmente el ultimo gran bosque tropical, el Amazonas. Existiendo importantes oportunidades de establecer una floreciente economía compatible con los potenciales de los bosques tropicales, Bolivia podría sacar ventajas múltiples de un giro en sus estrategias de desarrollo.

En este sentido, Bolivia juega involuntaria e inadvertidamente un papel más importante en el futuro de las soluciones al cambio climático, de lo que las políticas y gobernantes nacionales parecen comprender, y resulta imprescindible iniciar un nuevo debate nacional sobre la importancia de este nuevo lugar a ocupar, tanto para los intereses nacionales, como globales, para la propia continuidad de las sociedades humanas más ampliamente.

El sistema de Naciones Unidas, convenientemente, ha venido creando un conjunto de mecanismos de financiamiento a acciones y políticas nacionales que, si bien pueden tener condicionantes y consecuencias diferentes, representan una importante oportunidad para la canalización de recursos para el rediseño de las políticas de desarrollo boliviano en la dirección de una gobernanza resiliente y capaz de hacer aportes a los esfuerzos internacionales de reducción de emisiones. En esta dimensión, urge identificar y aprovechar las oportunidades creadas, para la implementación de políticas de desarrollo capaces de interpretar los desafíos de la nueva y emergente realidad de la Crisis Climática.

El destino de nuestros bosques y suelos es también nuestro destino

Las perspectivas económicas del país en la actualidad y el pasado histórico, han dependido de los consecutivos auges de materias primas y activación de industrias extractivas al servicio del comercio internacional, en ciclos económicos que han marcado el acontecer político, social y hasta cultural de Bolivia. La actual propuesta económica del gobierno boliviano, no ha significado una ruptura con esa tendencia, y más al contrario ha continuado apostando como matriz económica, por la explotación de hidrocarburos, minerales y la ampliación de una agroindustria basada en prácticas agrícolas degradantes e insostenibles, con su consecuente expansión sobre los bosques del país, profundizando regional y localmente los ya problemáticos cambios en el sistema climático global.

Esta profundización del viejo modelo ocurrido irónicamente durante un autodenominado gobierno indígena, ha sucedido simultáneamente al abandono de la agricultura y economía familiar campesina e indígena, quien ha visto como la falta de políticas de apoyo, las importaciones y un creciente contrabando desde sistemas agrícolas más robustos en países limítrofes, han continuado debilitando y marginalizando más las economías rurales dentro del país. Aún y pese a esta tendencia, las economías campesinas indígenas no solo siguen subsistiendo, sino que todavía producen cerca de dos terceras partes (65%)[18] de los alimentos consumidos por la población nacional, y además constituyen frecuentemente un resguardo contra el avance de modelos de producción menos sostenibles, como los promovidos por la agroindustria boliviana, de escaso aporte al fisco nacional o en la creación de empleos.

El sector agrícola boliviano en su conjunto, sin embargo, se encuentra en una crónica crisis desde hace ya varias décadas, y la agricultura familiar especialmente parece amenazada por varios frentes, subrayando el abandono Estatal, pese a los importantes aportes a la economía nacional y los potenciales que encierra su amplia diversidad agrícola o de recolección.

Apuesta por la Agricultura familiar diversa, para una reactivación transformadora

Ante todas estas nuevas evidencias de un contexto global radicalmente diferente y de grandes desafíos para nuestro país y el mundo, resulta indispensable y urgente debatir una renovada Estrategia Nacional de Desarrollo, capaz de responder a los nuevos elementos de un mundo en acelerada transformación, y garantizar condiciones suficientes para asegurar una vida digna y en paz para los y las más de 12 millones de bolivianas.

El hecho que Bolivia asuma lo antes posible un rol activo en las soluciones al Cambio Climático en el contexto nacional, aportando simultáneamente con soluciones a la crisis global del cambio climático y sus incalculables consecuencias, otorgará una ventaja competitiva al país que dará oportunidad de priorizar mejoras en la calidad de vida de la población, en vez de solamente reaccionar a los escenarios de emergencia que se irán sucediendo, como ha ocurrido en los últimos años.

Después de demasiadas décadas en el abandono por parte del Estado y los gobiernos de turno, la posibilidad de una agricultura familiar campesina, indígena, diversa y fortalecida, emerge como una puesta económica, socio-ambientalmente estratégica para precisamente atender simultáneamente varios de los principales desafíos que enfrenta la sociedad boliviana y el mundo en su conjunto.

Los interesantes potenciales productivos, nutricionales y socioambientales de reforzados sistemas familiares de producción de granos y ganado altoandinos, el atractivo múltiple de la gestión de frutos silvestres, plantas medicinales y funciones de estabilización de carbono del bosque Amazónico, o el aprovechamiento de las pampas inundables del Beni con ganado y cultivos en plataformas elevadas, emulando las tecnologías moxeñas en conjunción con las herramientas modernas, otorgaría al país un liderazgo suficiente para aprovechar esquemas de financiamiento compatibles con los objetivos nacionales y salir triunfantes de un contexto global crecientemente complejo.

Si bien la PBFCC ha sido profundamente crítica a la opción de mercados de carbono en los esquemas propuestos hasta el momento por sus incertidumbres y afectaciones, la posibilidad de acuerdos bi- o multilaterales que eviten soluciones basadas en el mercado de carbono, son una opción atractiva para traducir en financiamiento, los potenciales de reabsorción de carbono poseídos por los ecosistemas bolivianos.

Esta opción de financiamiento, junto con políticas productivas que promuevan la ampliación de la cobertura boscosa y un uso sostenible de suelos, constituyen una novedosa oportunidad para el desarrollo e implementación de programas nacionales, financiados por recursos externos, capaces de embarcar al país en una nueva etapa de bienestar socioeconómico con una perspectiva de sostenibilidad nunca antes vista.

En definitiva, nos encontramos como sociedades en una encrucijada del presente modelo de desarrollo, que demanda soluciones y apuestas audaces que pongan en el centro los intereses comunes. El tiempo ha llegado para transformar nuestras sociedades en una dirección de bienestar socioambiental que garantice los intereses de bolivianos y bolivianas en el largo plazo, más allá de los momentáneos ciclos político-partidarios, incapaces de comprender los desafíos de largo plazo.

 

[1] Wildlife Farms In China Likely Source Of Pandemic, Say WHO Investigators : Goats and Soda : NPR

[2] El Pangolín asiático es coincidentemente el mamífero silvestre más traficado del planeta

[3] https://www.bbc.com/mundo/noticias-49745206

[4] Dr. Margaret Chan, Head Of WHO, Offers Stern Warning About World’s Readiness To Fight Pandemics : Goats and Soda : NPR La cabeza de la OMS hace severa advertencia sobre futuras pandemias

[5] WHO Coronavirus (COVID-19) Dashboard | WHO Coronavirus Disease (COVID-19) Dashboard

[6] Deforestation and Forest Loss – Our World in Data

[7] Datos de la FAO

[8] La producción campesino indígena: soporte alimentario y de salud integral en tiempos de coronavirus | CIPCA – Centro de Investigación y Promoción del Campesinado

[9] CIPCA ganadería revisar

[10] Mapa de Deforestación de las Tierras Bajas y Yungas de Bolivia 2000-2005-2010

[11] Livestock: On our plates or eating at our table? A new analysis of the feed/

food debate, 2017

[12] PowerPoint Presentation (unfccc.int)

[13] Forests scramble to absorb carbon as emissions continue to increase (mongabay.com)

[14] El 2020 iguala al 2016 como el año más caluroso alguna vez registrado | Ciencia y Ecología | DW | 08.01.2021

[15] New data confirm increased frequency of extreme weather events: European national science academies urge further action on climate change adaptation — ScienceDaily

[16] Who has contributed most to global CO2 emissions? – Our World in Data

[17] Bolivia se encuentra entre los 3 países más vulnerables de Sudamérica, Ref.

[18] CIPCA

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