Retos para los movimientos de Justicia Climática en América latina

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Los resultados de las elecciones presidenciales en Brasil son el síntoma más evidente de un profundo retroceso político y social que América latina empieza a vivir y que marca un nuevo momento histórico después de la ola de los llamados “gobiernos progresistas”.

Entre la indignación y el asombro por ser una decisión expresada en las urnas, pensar en las consecuencias que tendrán las acciones de un presidente con el perfil de Jair Bolsonaro para el ejercicio de los derechos y el equilibrio del medio ambiente generan tristeza, pesar y temor. Sin embargo, la destrucción ambiental, las amenazas, la persecución, la intimidación a líderes, la judicialización de la política, la criminalización de la protesta e incluso la represión violenta sobre líderes y movimientos sociales que defienden el medio ambiente, los territorios y los derechos no son una noticia nueva en el continente.

Lamentablemente, este retroceso es el resultado, en gran medida, de los desaciertos, desviaciones y contradicciones de los mismos gobiernos “progresistas” que, lejos de avanzar hacia un cambio estructural de los sistemas económicos, sociales, productivos, energéticos y de las propias formas coloniales de gobierno, para avanzar hacia sistemas alternativos al desarrollo hegemónico, han consolidado el extractivismo como eje de las economías nacionales, asegurando la presencia de corporaciones y élites. La lógica del poder por el poder, la corrupción y la falta de ética revolucionaria han acabado con una oportunidad histórica única en el continente para materializar el cambio que la humanidad necesita, antes de que el desequilibrio ambiental y climático llegue a un colapso irreversible.

La experiencia de estos fracasos valida la afirmación de que si un proceso emancipatorio no logra cambios estructurales profundos, quedan dos opciones: o se da un retroceso absoluto, como sucede en Brasil o Argentina, con el surgimiento de corrientes de ultraderecha; o sucede una completa degeneración, como en Venezuela y Nicaragua, por la burocratización de los procesos “revolucionarios”.

Bolivia tiene un futuro incierto, no menos desalentador. Los escenarios futuros estarán marcados por la polarización, el enfrentamiento visceral, la manipulación, la inestabilidad, el autoritarismo y la ingobernabilidad. La pregunta en este nuevo momento es: ¿Tendremos la capacidad de aprender de los errores del pasado? ¿Podremos plantearnos un horizonte utópico que supere las limitadas concepciones del “Estado” y del “Desarrollo”, y destruya el poder de las élites y corporaciones, que logre la justicia social y restaure el equilibrio con la Madre Tierra antes de que sea demasiado tarde?

Después de evidenciar el extravío gubernamental, el deterioro de la cultura política y la desestructuración del tejido social boliviano, es posible afirmar que ya no es posible recuperar el mentado “Proceso de Cambio Boliviano” y mientras los días de retroceso, degradación, irracionalidad y fanatismo se avecinan, es importante insistir en ir más allá del dogmatismo político y de las consignas vacías. Debemos, mediante un diálogo sincero y crudo, empezar a sembrar nuevas formas de organización alternativas que se planteen cambios reales, más profundos y coherentes. Así ¿quién sabe? quizá en 30 o 50 años, en una nueva oportunidad histórica, tengamos más lucidez para lograr un mundo más habitable y justo.

En lo inmediato, nos queda seguir tejiendo solidaridad entre las luchas de resistencia y los pueblos de América latina que desde los territorios enfrentan en primera línea los crueles impactos del capitalismo, del Cambio Climático y de las industrias extractivas.

(Por Martín Vilela Peredo, de la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático)

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