Imperios alimentarios: La industria de alimentos transgénicos no tiene mercado asegurado

Por Otto Colpari Cruz*

En Bolivia la producción de alimentos transgénicos ya tiene una larga data. Fue inspirada en el modelo de desarrollo rural norteamericano de la llamada revolución verde. Este enfoque busca el aumento de la productividad agropecuaria mediante la implementación de paquetes tecnológicos y biotecnológicos. Fue ampliamente cuestionado por sus efectos en el medio ambiente y su poca contribución en la reducción de la desigualdad en las zonas rurales.

Sin embargo, pese a sus críticas, este modelo de desarrollo rural fue practicado vigorosamente por todos los gobiernos sin excepción. Incluso aquellos que defendían discursivamente la vía campesina e indígena. Ello, llevo a que este modelo construya imperios alimentarios que se representan en grupos de industrias agrícolas, apoyos estatales y leyes. Pero también en prácticas como la ingeniería financiera, la ingeniería genética, visión empresarial, procesos de producción y mecanización industrial entre otras.

Por así decirlo, los imperios alimentarios fueron hábiles para construir la idea de que estos aportan al crecimiento económico del país. Por años los imperios alimentarios vendieron la imagen cultural de que sus prácticas de producción generaban efectos positivos para la economía y sociedad. Sin embargo, esta imagen cultural construida por décadas es cuestionada en el contexto actual del nuevo coronavirus.

La pandemia, produce una profunda reflexividad en los consumidores, sobre como los imperios alimentarios mediante la producción industrial de alimentos generaron otros problemas endémicos. Por ejemplo, la producción industrial de carne generó la gripe porcina y la gripe aviar. Y la reciente literatura científica sugiere, que el modelo industrial de alimentos es potencialmente catastrófico para la salud pública.

El actual escenario, produce una reflexión amplia y bien informada entre los consumidores, respecto de adquirir productos frescos, saludables y de territorios locales. Existe un creciente interés por apoyar y comprar productos provenientes de la agricultura familiar campesina mediante circuitos de comercio cortos y regionales.

Esta nueva construcción cultural del consumo de alimentos no sólo esta ocurriendo en Bolivia sino en todo el planeta. Es un cambio cultural que se amplifica con el uso masivo de las redes sociales. Los consumidores cuestionan la forma padronizada de producción de alimentos y sistemas de producción estrictamente especializados como son los monocultivos. Este es un aspecto evidente que modificaría la demanda del mercado de alimentos.

Por eso, el Estado tiene que aceptar que la pandemia pudiera poner fin al proyecto de la revolución verde, y con ello, al sistema de producción industrial de alimentos. Incluso se debe reconocer que, en el caso de la producción de alimentos transgénicos en grandes cantidades, tiene como su principal foco la exportación mediante cadenas de valor globales. Esto pone una gran incertidumbre respecto de la real demanda, en un mercado global incierto y debilitado por el nuevo coronavirus.

Apostar por un sistema industrial alimentario transgénico basado en la biotecnología puede crear una situación de gran vulnerabilidad. Es apostar por un negocio que no tiene mercado asegurado. Primero, porque no consigue satisfacer la demanda de alimentos diversificados para el mercado interno. Segundo, su producción agroindustrial no responde al surgimiento del consumo de alimentos locales, diversificados, saludables y agroecológicos.

Además, se debe considerar que la producción de alimentos transgénicos en una escala industrial disminuye la biodiversidad. Debido principalmente al fuerte incremento en el uso de agrotóxicos, como glifosato y roundup, que contamina el suelo y las aguas. Un elemento que hace a los alimentos transgénicos poco atractivos para el mercado interno y peor aún para el mercado externo actual. Ni si quiera su producción mediante biodiesel tiene un nicho de mercado asegurado.

La propuesta del Estado debería enfocarse en fortalecer las condiciones actuales de producción de alimentos que esta incrustado en estrategias de suministro locales y regionales. Son sistemas de producción complejos y diversificados, donde la agricultura familiar campesina tiene un abanico de opciones productivas y diversos canales de comercialización.

Por tanto, se requiere reforzar la producción de alimentos generada por la agricultura familiar campesina. Y poner en contacto a productores y consumidores mediante el uso de las tecnologías de información. De esta manera, se protege la salud pública de la población, asegurando su seguridad alimentaria y responde a la creciente demanda de alimentos con normas de salubridad e inocuidad frente a la pandemia.

*Es sociólogo y PhD en Desarrollo Rural por la Universidad Federal Rio Grande del Sur, Brasil.

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