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“La Madre Tierra puede vivir sin la humanidad,
pero nosotros no podemos vivir sin ella”

En una zona deforestada, los piscicultores mantienen el bosque de pie

En una zona deforestada, los piscicultores mantienen el bosque de pie

Reportaje Especial

Por Aleja Cuevas/La Brava

Frente a los efectos del cambio climático que azota a la pequeña agricultura y la deforestación por ganadería y producción de soya y sorgo, en el municipio El Puente del departamento de Santa Cruz, el departamento boliviano con mayor deforestación, la crianza de peces en pozas artificiales es una respuesta a la seguridad alimentaria y al cuidado del medio ambiente. 

Los pobladores de Yotaú, comunidad del municipio cruceño de El Puente, inician sus actividades a las cinco de la madrugada y se esconden desde el mediodía hasta el final de la tarde debido a los 38 grados celsius. Esta temperatura solo es agradable para el pacú, el pez de agua caliente, criado en estanques artificiales. La piscicultura demostró ser una actividad económica más beneficiosa, en ese lugar, que la ganadería y la agricultura intensiva, acostumbradas en la zona, ya que evita la quema de terrenos (chaqueo) y contribuye a la preservación del bosque.

Para llegar a Yotaú se debe atravesar por medio de grandes extensiones de pampas producto de los cultivos de sorgo, girasol, soya y trigo, a lo largo de los municipios de Pailón, Cuatro Cañadas y San Julián. El Puente, municipio donde está la comunidad, no es la excepción de este panorama, es más, hasta 2018 estaba en el séptimo lugar de 25 municipios con mayor deforestación en Bolivia.

Pero al caminar por Yotaú pareciera que esta comunidad está en contrarruta del camino de la expansión agrícola. Acá se mantienen los árboles de pie y en lugar de grandes plantaciones se ven pozas artificiales, donde los comunarios crían peces.

“La piscicultura empezó porque había una necesidad de consumo de carne de pescado y a medida se fue avanzando (los comunarios) se dieron cuenta que esta actividad era más rentable”, dice Rusbel Ovando, actual presidente de la Asociación de Piscicultores Curuvina de Yotaú.

Esta actividad inició hace 12 años precisamente con la conformación de la Asociación de Piscicultores Curuvina de Yotaú (APCY), para fomentar el consumo y la producción del pescado, como una forma de ingresos económicos.

Hasta ese entonces, esta comunidad –creada en 1852 y a la que llegaron los primeros migrantes del occidente boliviano en la década de 1980– se dedicaba a la producción de cultivos tradicionales como maíz, arroz, yuca, plátano, frejol y hortalizas, y la actividad pecuaria, según el Plan de Desarrollo Municipal (PDM) de El Puente (2012).

El inicio

Una de las pozas de la Asociación de Piscicultura Curuvina de Yotaú. Foto: Aleja Cuevas.

En aquel tiempo, a pesar de que las familias practicaban la pesca en el río, la carne de pez no estaba disponible en el mercado. Fue por esta razón que surgió la idea de criar peces, tanto para consumo propio como para su venta, recuerda Deysi Cerezo, integrante de la asociación.

La APCY fue fundada en 2011 por una mancomunidad, conformada por las comunidades de Yotaú, La Cachuela, Puerto La Cruz, 16 de julio, Urkupiña y La laguna.

Las mujeres tuvieron una participación importante en esta iniciativa. Coincidió con la creación de la organización de mujeres campesinas Bartolinas Sisa, desde donde sumaron esfuerzos en la conformación de la asociación, la cual tardó tres años en obtener los documentos necesarios para su legalidad.

Al inicio, la Asociación contaba con 80 socios, pero no tenía ningún apoyo de instituciones para avanzar en el proyecto de crianza de peces lo que desanimó a la gente.

En 2014, uno de los primeros aliados fue Plan International (PI) cuyos fondos ayudaron a la excavación de dos pozas. Posteriormente, llegó el apoyo del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) para más estanques, logrando así su primera producción de peces en criaderos.

“De ahí excavamos más pozas, hasta el día de hoy (Cipca) nos sigue apoyando, proyecto tras proyecto, nos apoya, porque dimos un buen resultado y supimos responder, siempre con contraparte de nosotros. Se ve el avance de los trabajos”, dice Cerezo.

Con el tiempo, la asociación habilitó siete pozas en dos hectáreas, construyó además un centro de faenado y un laboratorio, que son administrados por los 20 socios, 10 mujeres y 10 hombres.

Rusbel Ovando afuera del centro de faenado. Foto: Aleja Cuevas.

La actividad de la Asociación es comunal, y esta consiste en crían alevines en las pozas y vender pescado. El primer año lograron criar y engordar 1.500 pacúes, aproximadamente una tonelada.

Con los resultados de la primera cosecha de peces, los socios optaron por excavar sus propios estanques en sus terrenos. De ese modo, a la fecha suman 44 pozas, donde los productores llevaron a la práctica todo lo aprendido en los primeros años la asociación como la calidad de agua, cantidad de alimentos que deben consumir los peces, hasta cuánto de kilo gana el pez por mes.

Obstáculos

Cinco años después del inicio de la producción de peces en 2019, concluyó el proyecto de apoyo financiado por Cipca. Ante ello, los socios intentaron volverse autosostenibles; anhelo que se vio frustrado por la llegada de la pandemia del Covid-19 en 2020.

Debido a la cuarentena establecida en el país, las actividades de la asociación se paralizaron, porque no había proveedores de alevines (crías de pez) ni de alimentos balanceados para peces.

Ante esta situación las familias se dedicaron a la producción de plátanos, maíz, papaya y frutas. Pero llegó un momento en que, la misma crisis obligó a la asociación a ser autosostenibles frente a la crisis sanitaria, es más organizaron ollas comunes con alimentos a base de pescado.  Para ello, empezaron a producir su propio alimento balanceado, de cáscaras de verduras y frutas. Y a partir de ello, volvieron a la piscicultura.

“Se salió adelante, se afrontó con propios recursos; se tenía la formación, la capacidad de liderazgo, formación técnica, formación de administración. Se logró un capital de inversión con las ganancias y se inició el ciclo de producción”, destaca Ovando.

Piscicultura en lugar de chaqueos 

Otra de las comunidades que vio en la cría de peces una oportunidad es La Cachuela, un poblado de 35 años de vida y ubicado a unos 45 minutos de Yotaú. En el camino, hay bastantes árboles, que dan sombra, y vegetación.

La productora Luzmilda Ruiz cuenta que ha adquirido valiosos conocimientos de los indígenas ayoreos, vecinos de esta región, especialmente en lo que respecta al cuidado de la naturaleza y su conexión con la comunidad.

“Sabemos que el pescado es un buen alimento, nutritivo, que tiene harta proteína, por un lado; por otro, es proteger el medio ambiente, a no talar árboles, porque si nos dedicamos a la agricultura siempre talamos árboles, si nos dedicamos a la ganadería grande también talamos árboles, además se quema y eso contamina”, explica Ruiz, quien combina su labor de piscicultura con la agricultura.

La familia de Reemberto Estepa, un profesor jubilado chuquisaqueño, es uno de los que llegó en los inicios de la comunidad La Cachuela como maestro.

“No me arrepiento, porque es un hermoso lugar”, dice Estepa conocido como el “profe”. Mientras mastica coca, él observa sus estanques de peces y recuerda que hace seis años el atajado, que era para su ganado, se convirtió en el primer estanque. Además, Estepa invirtió su jubilación para incrementar hasta seis pozas sobre una hectárea rodeada de árboles de mango.

Como todos los sábados, él y su familia esperan a los pobladores de La Cachuela para vender de dos a cinco kilos de pacú. Mientras observa la cosecha recién pescada, explica que los domingos la venta se concentra en las ferias de Yotaú y El Puente.

En estas zonas, la mayoría de los terrenos están delimitadas con alambres, incluidos los terrenos de Deysi Cerezo que habita en la comunidad Puerto La Cruz, ubicada unos 15 minutos La Cachuela. Ella cría, en una de sus dos pozas, a unos 2.500 peces. “Ya están listos para faenar”, dice.

Ella está consciente que los efectos del cambio climático son irreversibles y que, como madre, debe pensar en el futuro de sus hijos, generar alternativas de ingresos como la venta del pacú.

Menos 35 árboles talados en una hectárea

Según el presidente de la Asociación de Piscicultura Curuvina de Yotaú, Rusbel Ovando, para muchas familias la crianza de peces es una alternativa para generar ingresos ya que la baja producción de la agricultura, afectada por el cambio climático, no asegura beneficios.

En su caso, por ejemplo, su cultivo de maíz se dañó por el intenso calor que experimenta la región. “Con la lluvia creció un poco, pero con este calor se quemó”, dice.

Explica que para obtener ingresos en ganadería se esperaba tres a cuatro años. Además, dice, cada cabeza de ganado requiere una hectárea de pasto, por lo que tener 50 vacas implica la necesidad de igual cantidad de hectáreas de forraje. A ello se suma que requieren vacunas y que, ante la amenaza de incendios forestales, existe el riesgo de que el potrero se queme.

“Es complicado, en cambio, con la piscicultura es diferente, en una hectárea (seis pozas) se puede producir entre cinco y ocho toneladas de carne de pescado. A los seis meses ya tengo plata en mi bolsillo, no espero los ocho meses para vender mi ganado”, afirma.

Para Ovando, con el cambio de rubro de la ganadería a la piscicultura “se paró la deforestación”. En su caso, él chaqueaba cada año cinco hectáreas para su ganado, con la crianza de pacúes dejó de hacerlo y habilitó los potreros viejos para los estanques.

Según la plataforma MapBiomas, en El Puente, en 1985, su formación boscosa ocupaba el 83% de su territorio, pero, después de 36 años (2021), esta área bajó a 58% debido a la actividad agropecuaria que ganó terreno con un 23,4% (2021).

A partir de unos cálculos de Ovando, aproximadamente, en una hectárea de bosque existe un promedio de 35 árboles y es lo que, probablemente, se dejó de talar con la actividad de la piscicultura. Los socios de la Asociación producen peces en, al menos, unas siete hectáreas.

Con este rubro se trata de que el productor pueda producir alimento que garantice seguridad alimentaria en un espacio reducido. En una hectárea se producen ocho toneladas de peces, en ganadería, en tres a cuatro años, se produce la misma tonelada, detalla.

“Como asociación concientizamos a los productores de que involucren esta actividad en sus predios, ya que es rentable económicamente, es también una actividad amigable con el medio ambiente y social, porque participa toda la familia”, destaca Ovando.

Cosecha de pacúes de uno de los estanques, en La Cachuela. Foto: Aleja Cuevas

Foto portada: Cortesía de la Asociación de Piscicultores Curuvina de Yotaú.

Edición de videos e infografía: Sara Vásquez.

Lea el reportaje completo en:

En una zona deforestada, los piscicultores mantienen el bosque de pie

*Este reportaje fue realizado en el marco del Fondo de apoyo periodístico «Crisis Climática 2023», que impulsan la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático y la Fundación Para el Periodismo (FPP)

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