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El nuevo fracaso de la COP28 es evidente y cada vez más difícil de disfrazar

El nuevo fracaso de la COP28 es evidente y cada vez más difícil de disfrazar

Por *Marcos Nordgren 

Los resultados que emergen de la 28va Conferencia Climática de este año, realizada las primeras dos semanas de diciembre de 2023, muestran nuevamente que los gobiernos e instituciones multilaterales (Sistema de Naciones Unidas) del mundo están muy lejos de resolver los problemas centrales que han ocasionado la crisis climática y de garantizar un futuro relativamente seguro para todas y todos. Pese a todas las señales de intensificación de desastres y consecutivos récords de temperatura superados los últimos meses de 2023, la COP28 vuelve a ser lugar de exposición de la falta de voluntad política para resolver la Crisis Climática, y que, para darle el sello de fracaso indiscutible, ocurre en un año que será declarado el más caliente en la historia de la humanidad. 

Aunque no sea reconocido abiertamente en los medios de comunicación, la situación es escandalosa y deja ya sin muchas dudas que la humanidad ingresará aceleradamente, salvo que ocurra algún milagro geopolítico, a un momento de grave disrupción socioeconómica generalizada causado por los efectos en cascada que los desastres climáticos ya han comenzado a provocar sobre el abastecimiento de agua potable, alimentos, olas migratorias de refugiados y un escenario de violencia y conflictividad que se alimentará de toda la inestabilidad. 

Pero el fracaso tiene nombre y apellido cada vez más claro debido a las posiciones cerradas de un puñado de países poderosos que tienen al mundo camino a un precipicio. 

Mientras tanto, las poblaciones del planeta nos encontramos literal y figurativamente de rehenes entre un bloque de países desarrollados que niegan su responsabilidad de ser quienes deben producir mayor parte del financiamiento para la gran transición climática, por un lado, y, por el otro lado, un segundo bloque de países petroleros que se oponen rotundamente a aceptar la fecha de caducidad de sus privilegios y economía basada en la extracción y quema de cada vez mayores volúmenes de combustibles fósiles. Y por si fuera poco estar presente en alguna de estas dos listas, algunos de estos países están presentes en ambas. 

En este escenario y desde una lectura personal, como parte de esta gran masa tomada de rehén, me quedan dos conclusiones para compartir, reforzadas por la nueva derrota en la COP28:  

Primero que es urgente desenmascarar abiertamente el fracaso. Ya no queda tiempo para disfrazar de logros parciales a las conferencias climáticas mientras nos acercamos al precipicio civilizatorio. Pero de la mano de ese reconocimiento, es importante exponer a quienes llevan buena parte de la culpa del fracaso global de la irresuelta crisis climática y pensar caminos alternativos. En este frente y desde una perspectiva latinoamericana es central denunciar a los países desarrollados y especialmente a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Nueva Zelanda y Noruega que, no solo habiendo sido responsables históricos principales de las emisiones de contaminantes climáticos, hoy proyectan incrementar aún más su extracción de combustibles fósiles, a la vez que deciden unilateralmente que ellos no tienen obligación alguna de contribuir a los arreglos financieros necesarios para cubrir la transición climática, en la escala de sus responsabilidades acumuladas. 

Las economías desarrolladas, incluyendo a la Unión Europea, se niegan a aceptar que para  evitar los peores escenarios de debacle climática, es imprescindible que el mundo desarrollado, que ha disfrutado de grandes y tempranos privilegios por el uso de combustibles y tecnologías fósiles, haga sacrificios materiales reales en el corto plazo y promueva la reestructuración del aparato financiero global hacia la movilización en forma concesional de más de 300 mil millones de dólares anuales para  el desarrollo de economías bajas en carbono y socioambientalmente sostenibles en el sur global. 

Las intenciones del mundo desarrollado de que esto ocurra en forma de préstamos que generen deuda, no solo es inmoral debido a la responsabilidad histórica que tienen y que representa una deuda climática por su parte, sino porque esto nos llevaría a una nueva crisis financiera y de endeudamiento que quitará a nuestros países, al margen de las grandes economías, la capacidad de pagar sus deudas externas y cubrir sus gastos sociales. 

En segundo lugar, también es justo denunciar a los países petroleros, que, bajo el liderazgo de Emiratos Árabes Unidos, anfitrión de la conferencia, y Arabia Saudita principal vocal del bloque, han sostenido una campaña para evitar que se asuman compromisos para la eliminación total de los combustibles fósiles en el futuro previsible, echando por la borda conseguir este que es el segundo de los compromisos centrales que se esperaban para esta conferencia. 

La situación de cooptación de la COP28 fue confirmada durante su desarrollo con la presencia de casi 2500 lobistas y consultores de la industria del petróleo impulsando la oposición a la “eliminación de combustibles fósiles”, la inclusión de formulaciones engañosas y la promoción de tecnologías de captura y almacenamiento de carbono (CCS), contrario a lo recomendado por la ciencia debido a su inviabilidad técnica, económica e incompatibilidad con la reducción real de emisiones.  

Los autores de este nuevo fracaso, en suma, son un puñado de países liderados por Estados Unidos, Reino Unido, Unión Europea, Arabia Saudita, Rusia, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, para mencionar a los principales gobiernos afanados en la falsa disputa por mantener sus privilegios causantes de la crisis, y los que conducen las negociaciones internacionales rumbo a su inevitable naufragio, sin salvavidas, ni botes de rescate disponibles para los miles de millones de personas que pagarán con sus vidas la incapacidad de poner los intereses comunes al centro de las discusiones globales.  

En este escenario global, si bien Bolivia es la tercera nación en récords de deforestación con importantes emisiones per cápita y continua haciendo relevantes contribuciones negativas al problema, especialmente en sus impactos locales de incendios, sequias y epidemias, su papel en las propias negociaciones globales ha sido pequeño y se ha limitado como la mayoría de otros países en, desde una perspectiva de justicia climática, insistir en la necesidad de contar con recursos adicionales para poder cumplir con los compromisos climáticos, aun cuando probablemente el uso de lo que ha tenido a disposición en el pasado no parezca indicar que solamente más plata resolvería el problema. Una discusión nacional pendiente que necesitará respuestas urgentes, por ejemplo, con la discusión de una Ley de Emergencia Climática y otras normas que aborden el problema de manera estructural. 

 Queda claro con los resultados de la COP28 y la amenaza de caos climático global que se acerca a pasos agigantados, que para Bolivia y nuestros países en el sur será necesario replantearnos las prioridades del desarrollo nacional y eventualmente cuestionar todos los supuestos de éxito económico que nos habían inculcado. En un momento de sequias, fracasos agrícolas, epidemias, inundaciones y desabastecimiento energético sistémico que viviremos, serán aquellas y aquellos que logremos mantener la unidad y el tejido social alrededor de los intereses comunes, las y los que tendrán posibilidad de avanzar como humanidad y seguir soñando con futuros prósperos. Esto último debería guiar nuestro trabajo conjunto y esa es probablemente la conclusión más constructiva que podemos extraer de este momento de nuevo fracaso multilateral. 

*Marcos Nordgren es técnico e investigador de la PBFCC 

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