El proyecto: Cocinas solares en la Amazonía

CS9

En las comunidades indígena campesinas de la Amazonía boliviana, como en la mayoría de las poblaciones de la región, el olor a humo siempre flota en el aire. Sale de las cocinas, de piso de tierra y paredes tiznadas. Es de la leña que alguien de la familia fue a recoger al monte, siempre y cuando las lluvias y las inundaciones no lo hagan imposible. Y cuando eso sucede ¿qué hacer? “Nos tenemos que aguantar el hambre”, comentó Susana Mamío, de la comunidad Capaina, del pueblo Tacana, en el norte de La Paz. En algunos hogares tienen un anafe con garrafa, que en las familias numerosas no dura más de 15 días. Además está el viaje hasta donde las vendieran y su costo, siempre más alto que en las ciudades.

La Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático, la Asociación Inti Illimani, el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) y Soluciones Prácticas llevan adelante el proyecto piloto “Cocinas solares en la Amazonía”, el cual evaluará hasta agosto la viabilidad de aplicar este tipo de tecnología en los pahuichis de las comunidades.

En esta primera etapa, fueron entregadas cuatro cocinas solares: una en Capaina, otra en Buena Altura, ambas en el municipio de San Buenaventura; una más en la comunidad Bermeo, del Territorio Indígena Mojeño Ignaciano (TIMI), en San Ignacio de Moxos; y la comunidad Nueva Betania, en el municipio beniano de San Andrés.

A la entrega precedió un proceso de capacitación ofrecido a las familias por técnicos de Inti Illimani. Allí, Petrona Apaza, Rocío Maldonado e Isaac Quisocalla explicaban los modos de uso del aparato –que más bien se asemeja a una caja naranja-, la mejor manera de limpiarlo y cómo había sido construido.

Nueva Betania

La cocina-horno solar, también usada como caja térmica y deshidratador, consiste en una caja de aluminio, con una capa de lana de oveja, todo cubierto por una armazón de venesta. Lleva una tapa de doble vidrio, para que entre la energía del sol y quede concentrada donde van las ollas. En dos horas y media, si el día está despejado, se puede levantar la tapa, con cuidado por el vapor que salta, y ya servir la comida. Otra opción es cocinar (a gas o a leña) durante pocos minutos, hasta que empiece a calentarse. Entonces, se envuelve las ollas en frazadas, se las deposita en el horno y se cierra. El horno no permite que el calor salga y los alimentos continúan cocinándose. A la mañana siguiente, el desayuno ya está listo.

Es lo que el equipo de este proyecto piloto hizo. La noche anterior a la fecha de entrega, dejaban el horno armado, con plátano, yuca, refresco y otros alimentos cocinándose en el horno herméticamente cerrado. A la mañana siguiente, llegaban para dar las instrucciones de uso del aparato y, ya que estaban, desayunar. En la comunidad Nueva Betania, Máxima Noe Tamo se sorprendió de desayunar con somó tibio.

“Cuando nos dijeron que iban a traer la cocina, me dice mi nuera: ‘Vamos a comer somó’. Le dije: ‘No lo creo’, porque el somó lleva un maíz durísimo para cocer. A leña nomás dura 4 o 5 horas cociendo. No lo creía, pero con mis propios ojos vi y con mis manos he palpado el somó que cocinó la cocina solar anoche”, comentó “la abuela”, como le dicen.

“Para mí ha sido una cosa inesperada, una cosa increíble. Nunca había visto esa cocina solar, nunca imaginé ver ni comer comida salida de esa cocina. Me encuentro muy emocionada, contenta, porque he visto una cosa: me di cuenta de que nosotras, las mujeres, somos discriminadas. Nos ponemos en la cocina a trabajar para dar a la familia. Entonces, cuando hay talleres y capacitaciones, la mayor parte de las mujeres no puede participar, porque tenemos que cocinar para la familia. Ahí no participamos casi. Mientras ahora, ha sido increíble para mí. Hemos pasado un taller de capacitación, luego ya nomás nos servimos, porque ya estaba cocinada la comida. Todavía no puedo creer aunque lo veo, me siento feliz, me siento contenta. En la capacitación nos han hecho ver cómo usarla bien bien para ahorrar tiempo. Mientras estamos  lavando, o ayudando al esposo, o haciendo otra cosa, la cocina solar está cocinando. Así que es llegar a las 12, abrir la cocina y servirnos. Y así como se ahorra tiempo, se ahorra en las finanzas también. Porque cuando ocupamos gas, tenemos que comprar gas. A veces tenemos que comprar leña cuando la del monte está muy mojada. Creo que la cocina solar para nuestra economía es más mejor. El gas que duraba 15 o 20 días, nos va a durar más de un mes. Además, ya hemos hecho nuestro experimento en la cocina y hemos comido exquisito”, dijo doña Máxima, que vive con sus cuatro nietos, su hijo y su nuera.

Bermeo

En la comunidad ignaciana de Bermeo, la cocina solar quedó en el hogar de Natividad Matareco Temo, madre de cuatro. “La costumbre de acá es pura leña con la que cocinamos. No tenemos gas ni a domicilio, solamente leña. En tiempo de inundación es difícil, porque la leña está húmeda, mojada, es muy lejos para traer. Por eso se tarda mucho para preparar el alimento”, comentó.

“Vos eras la descreída”, le arrostró su marido Héctor cuando probaron en esta comunidad el somó, bien cocido y calentito en la mañana. Con el rigor de los hechos, doña Nati se convenció de que el aparato realmente funciona. Los plátanos pasaron de la caja térmica al motacú, donde los mezcló con queso para preparar unos deliciosos masacos.

Al ver la aglomeración, más gente de la comunidad se acercó a curiosear lo que pasaba en casa de Natividad y Héctor Bejarano. Así, gran parte de Bermeo conoció los beneficios de la cocina solar y hasta pudieron probar sus cocciones. Luego del almuerzo, doña Nati aseguró: “Le vamos a dar uso a la cocina solar. Quisiera que las demás familias de la comunidad también sean beneficiadas por este proyecto. Todos me dijeron que estaba linda la comida, que salió bien. Aquí nosotros nunca habíamos visto ni probado nada de la cocina solar. Ahora hemos tenido la práctica y la teoría”.

Petrona Apaza, integrante de Inti Illimani, enseñó a usar las cocinas solares a las cuatro familias participantes de este plan piloto. “Nos gustaría difundir más estas cocinas en la Amazonía, para que las mujeres puedan ser libres, para que tengan más tiempo con su familia, con sus hijos. En las comunidades de esta región de Bolivia, la vida es dura para hombres y para mujeres. Pero las mujeres son esclavas del trabajo. Ellas tienen que lavar, cocinar, atender al esposo, a los hijos, para que ellos puedan tener más tiempo”, dijo.

Preparar la comida que ingresará a la cocina solar toma media hora. En cada una de las comunidades, Petroña ponía a pelar yuca, picar cebolla y despresar pollo tanto a hombres como a mujeres. Y nadie se resistía. Si al hombre de la casa le preguntaban si tenía el hábito de cocinar, respondía: “Pues claaaaaaro”. Pero, más allá de las palabras, las mujeres siguen siendo las encargadas de la cocina.

Parte del taller de capacitación, era una breve exposición referida a qué es el Cambio Climático, qué lo provoca, qué medidas pueden tomar las comunidades para amortiguar sus impactos negativos. Aunque con cocinas solares no se puede hacer desaparecer las toneladas de dióxido de carbono emitidos por empresas y corporaciones transnacionales incesantemente, sirven para generar esa conciencia que es y será indispensable para conservar la vida en la Tierra. “La necesidad de cambiar este tipo de vida de consumismo es un argumento más para usar esta tecnología. Tememos que usar el sol, lo que Dios y la naturaleza nos provee, sin hacer daño. Esta no es simplemente una cocina que ayuda a ahorrar tiempo, o leña. También es una forma nueva de hacer las cosas, que dan solución a problemas grandes, globales. Problemas que no causamos nosotros, pero tenemos que colaborar para solucionarlos. Es contradictorio, es injusto, pero todos vivimos en el mismo mundo”, dijo Marcos Nordgren Ballivian, coordinador de este proyecto piloto, a la familia de Ester y Omar Quevedo Noe.

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